Cuando el viento alejó tus caricias de mí. Cuando empecé a sobrevivir en la agonía de oír tu voz. Cantar esa canción que solíamos escuchar, y recordar siempre el día en que te conocí. Y la nueva melodía que trae brisas de felicidad, como la de quedarte conmigo a tararear esas viejas canciones. Dibujar tus fantasías con los dedos, apuntando a las estrellas, y terminar juntando las manos haciendo que todo esos momentos fueran míos, y que vivieran dentro de mí. Y fueron los que me hicieron volver a casa, y convertir la soledad en una afición. Y por guardar sonrisas en los bolsillos, te creé la felicidad con peldaños que se llenaron de mil lágrimas al susurrar adiós. Porque ni ocho letras, tres sílabas y dos palabras hubieran colmado tu felicidad al salir de mi…
Ahora las mariposas vuelan en arrullos de colores, en arrullos que calienta este piso donde aquí tiendo a tirar todos los secretos que levantan cicatrices, y las llena de un pequeño sabor a melancolía. Tu y yo frente a frente, y volar como solíamos hacerlo, saltar las olas más altas, cogerte de la mano, cerrar los ojos, gritar toda la felicidad que baila dentro de mi estomago.
Un pequeño mañana, desde aquellos trescientos días dormidos.
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